París, sala 7
Era la primera semana de marzo de 2019. La UNESCO había convocado en su sede de París, el edificio Fontenoy, una edición especial de la Mobile Learning Week bajo el tema Inteligencia artificial para el desarrollo sostenible. Cinco días, unas 2.100 personas de 130 países. Yo estaba en el Simposio, el miércoles 6 y el jueves 7, en la sesión AI powered learning and development. La sala era la 7, una de las pequeñas, en el último bloque de la tarde, cuando la gente ya mira el reloj. En el programa, entre Oxford Insights y la Universitat Oberta de Catalunya, había una línea que decía: "The teacher assistant to assure quality of education to everyone — esePlus, El Salvador". Éramos nosotros.
Los nervios corrían. Había preparado un video para contar la historia, porque en aquel momento Siri no podía hacer tareas y lo que íbamos a mostrar sonaba a locura: un asistente al que el profesor le habla y que hace cosas.
Yo era director general de ESE, la editorial de mi familia, y llevaba los proyectos de esePlus, nuestra incubadora de tecnología. Habíamos construido un asistente de inteligencia artificial para el profesor. Funcionaba. Interpretaba lo que el docente le pedía y respondía: pasar asistencia con reconocimiento facial, sugerir cómo desarrollar la clase, con qué actividades y técnicas hacer del aprendizaje algo memorable. La idea era darle al profesor lo que nunca había tenido: tiempo, e información en el momento para acompañar a treinta niños como si fueran uno. Un copiloto.
En la nota de prensa que salió esa semana lo dije con todas las letras: el docente no será sustituido por la tecnología, hay habilidades que las máquinas no pueden hacer y el componente emocional solo lo puede poner el docente. Por eso lo habíamos llamado asistente para el docente y no docente virtual. Eso era lo que yo quería decir. Lo que la sala oyó fue otra cosa.
Oyeron que la máquina venía a hacer el trabajo del docente. Y no puedo culparlos, porque el video enseñaba a una máquina haciendo cosas y porque yo no supe deshacer esa idea. Hablaba de reconocimiento facial cuando debía hablar de compañía. Hablaba de lo que la herramienta podía hacer cuando debía hablar de lo que el profesor podría hacer con ella. Y en algún punto de esos veinte minutos entendí que no era un problema de traducción: yo mismo no tenía del todo clara la diferencia. Había construido la herramienta antes de saber para qué servía de verdad.
Fue un fracaso, y de los útiles. Volví a San Salvador sin un cliente ni un socio, con una pregunta que no era técnica y que me iba a costar años responder: ¿qué estábamos intentando arreglar exactamente? No "qué podíamos automatizar". Qué estaba roto.
Siete años después tengo una respuesta, y no se parece a nada de lo que llevé a París. Pero para llegar a ella hubo que perderse primero, y de eso va el siguiente capítulo.